jueves 24 de junio de 2010

Sudamérica: el fútbol como vivencia




Pocos días antes del inicio del Mundial de Sudáfrica un amigo español se jactaba públicamente de su selección nacional. Cientos de millones de euros acumulados en el plantel más caro del certamen, el máximo sitial de la FIFA, la corona europea y un abultado marcador en el amistoso de turno (entre otras cosas) les daban a los ibéricos buenas razones para llegar al primer partido creyendo que su selección tenía el mundial en el bolsillo y que todo lo demás sería un mero trámite. Hoy, en la vigilia del partido ante Chile -invicto líder del grupo- la cantinela de siempre ya no parece sonar del mismo modo.


Sudamérica.

Uruguay pudo entrar al Mundial, al final de la lista sudamericana, sólo tras imponerse en el repechaje a su símil de la CONCACAF, Cota Rica. Ya en el mundial, en su último partido de la fase regular le bajó los humos al siempre difícil México y clasificó a octavos de final como líder de su grupo.

Hace unos días, Maradona le espetó a los europeos que ellos entraban al mundial ganándole a Islas Feroe; resaltó el trabajo de los equipos sudamericanos y pidió más cupos para sus selecciones. Argentina, era que no, hasta ahora lo ha ganado todo.

Hacia el final de la primera ronda, los equipos sudamericanos no han perdido un solo partido y todos han concluido liderando en sus respectivos grupos. Por extraordinaria que sea esta circunstancia -no ocurrirá siempre- para nosotros esto no tiene nada de extraño. ¿Por qué?


Entender el fútbol.

Cuando García Morente intentaba explicarle a sus alumnos qué es la filosofía, les decía que para entenderla, ésta en primer lugar necesitaba ser vivenciada, había que filosofar, pues un concepto se recibe claramente cuando el hombre ha dominado el hacer al que ese concepto refiere. Para él, la vivencia es lo que tenemos realmente en nuestro ser psíquico y así, para el maestro, entender un saber es vivirlo, tenerlo propia y realmente en la vida.

Todos conocen el fútbol (conocen su idea), pocos lo viven (pocos lo entienden). Yo no lo vivo, o al menos no lo vivo como un sudamericano que se precie de tal lo debería vivir, pero entiendo que es justamente por la manera en que el fútbol se vive en sudamérica, que Brasil es el pentacampeón mundial y sé por qué Diego Armando Maradona es -y no pudo haber sido de otra manera- argentino. Entender el fútbol es tener el fútbol en el ser. Un país entiende el fútbol cuando todos sus niños saben y les gusta jugar al fútbol (y si uno de ellos no sabe jugar será mal visto y excluido por sus compañeros); cuando en los recreos los estudiantes juegan con calcetines enrollados si no tienen pelota y juegan escondidos si no los dejan jugar; cuando sus ciudadanos juegan en la calle, en la playa, en  los pasillos de la oficina, en cualquier parte, juegan. Un país entiende el fútbol cuando las calles quedan vacías cada vez que juega la selección y cuando en el transporte público se anuncia por parlantes que el equipo nacional ha marcado un gol. Un país entiende el fútbol cuando todos, absolutamente todos saben dónde hay que juntarse a celebrar cada vez que ganamos. No cuando ganan ellos, los jugadores, cuando ganamos.




¿Y Chile?

Chile no ha tenido nunca un Pelé, no ha tenido nunca un Maradona. Chile no tiene un Lio Messi, no tiene a Luis Fabiano. No los necesita. No los necesitó para terminar segundo en las clasificatorias sudamericanas a Sudáfrica, a un solo punto de Brasil. Tampoco los necesitó para ganarle a Suiza ni para ganarle a Honduras.

Sí, puede que perdamos frente a España, así lo grita la sacralizada estadística; puede que habiendo ganado los partidos anteriores y teniendo mayor puntaje que selecciones ya clasificadas, que además juegan peor que nosotros, ni siquiera pasemos a la segunda fase. Esta es la verdad.

No es toda la verdad. Creo que vamos a ganarle a España, pero sé que ganarles no es lo más importante: vivir el fútbol no es vivir de títulos. Después de todo, nadie quiere que el equipo de sus amores juegue como el Inter de Milán y ningún hincha desea que su selección gane los mundiales como los gana Italia. Sudamérica es más que Europa y esta Roja es más roja que la otra porque para nosotros estos partidos no son sólo negocios, como decía fríamente el Padrino; ellos nos tocan siempre -desde la vieja que le pregunta al marido cuál es Chile hasta al fanático que llega aunque sea a dedo a todos los encuentros en cualquier parte del mundo- a nivel íntimo, personalísimo, pasional. Podremos ganar o perder mañana, pero ya nada borrará la siguiente verdad: tras su primer partido todo el mundo habló de Chile y -se los aseguro- después del último, todos  van a querer jugar como nosotros.

domingo 6 de junio de 2010

Ñoñerías

- ¿Cómo se ríe un debatiente?


- Hoc hoc hoc hoc hoc.

martes 1 de junio de 2010

Brujitas

Hoy, Alexandra reconoció en mi cara que me odiaba. Cuando me defendí diciéndole que no soy tan malo, ella estuvo de acuerdo conmigo: "estoy de acuerdo con el taaan". La próxima vez que la vea le voy a decir Alexia no más.


Camilita, por otro lado, que el año pasado, cuando fui su ayudante, me denostaba sin escrúpulos en su muro, hoy se manifestó contenta de verme. Ya no le voy a decir más "enana"

...... por ahora.

domingo 30 de mayo de 2010

Noche de cine

Voy a hacer como si nunca hubiera dejado de escribir, para contarles lo que me pasó hoy.


El otro día iba escuchando en la radio del auto un ranking de los lugares que, en opinión de la audiencia, serían los peores para pasar un terremoto. Obviamente, tenía que salir la sala de cine: oscura, llena de personas y repleta de obstáculos, no parece ser el lugar más tranquilizador del mundo para vivir una experiencia en la que el instinto primigenio llama a apretar cachete, y en la que el primero en llegar a la puerta gana. Hoy, me pasó.


Bueno, casi. En primer lugar, no fue un terremoto, fue sólo un temblorcito -probable réplica del sismo del 27 de febrero-; además, la sala no estaba llena, estaba vacía: invité a mis papás a ver Esmeralda 1879, pero como la película no era Ojos Rojos, estábamos sólo nosotros tres. El patriotismo chileno tiene forma de pelota, qué le vamos a hacer. Por último, sentir cómo se te mueve el piso entre cañonazo y cañonazo no deja de tener cierto atractivo: chúpate ésa 3D.

jueves 11 de febrero de 2010

La pobreza de la exclusión


Publico la siguiente entrada, que compartí con mis amigos a inicios de septiembre pasado, a través de mi cuenta facebook.


- Los excluidos.

Hagamos un poco de ficción: si yo aceptara una invitación para asistir a una fiesta de los príncipes de Mónaco y si, por ser un poco más negrito, los otros invitados me miraran feo; si por usar mi mejor terno en lugar del smoking que no puedo tener, no me hablaran y se rieran a mis espaldas, entonces me sentiría frustrado. Primero sentiría vergüenza y luego frustración. Mi mejor corbata ya no se vería tan bonita como horas antes, frente al espejo. Probablemente me alejaría de todos y me quedaría bebiendo y fumando solo en un rincón. Si ya medio borracho armara escándalo y por escandaloso me pidieran que me retirara, de la frustración pasaría a la rabia. Privado de cordura, tal vez rompería algunas copas y empujaría a algunas personas antes de salir. Los príncipes de Mónaco aprenden una valiosa lección: no hay que invitar nunca más a un negrito. Yo también: no volver a aceptar ninguna invitación que venga de los príncipes.

Hoy están de moda los reportajes de “Cisarros” que rompen copas y empujan personas; niños delincuentes (y otros no tan niños) que viven en la frustración de no poder tener lo que la televisión les muestra; que viven con rabia, con odio hacia los invitados que se ríen de sus pretensiones absurdas y los desprecian por no haber heredado la fortuna que ellos disfrutan; y que, finalmente, se autodestruyen en las drogas, porque el odio destruye y ellos están llenos de odio.


- El por qué antes del cómo.

Así como el médico competente receta medicamentos para tratar la enfermedad, no los síntomas, el político prudente debe identificar bien el problema para poder recetar la solución correcta. Cuando el caballito de batalla de un candidato es la “mano dura” frente a la delincuencia; cuando le echa la culpa al Gobierno por los Cisarros del país, entonces el político ataca el síntoma e ignora la enfermedad, no entiende que el problema es social. Él, en realidad quiere decir que la solución es no invitar más a los negritos. Pues bien, creer que la solución es más castigo, es pensar sólo en nuestros intereses, es crear una falsa sensación de seguridad, es no pensar en el desgraciado, es excluirlo de la fiesta: es no entender el problema. La justicia de la sanción es necesaria, por supuesto, pero no es suficiente. Como sociedad debemos estar fracasando si nuestros niños pierden su inocencia antes de empezar a ser niños. Si los inocentes odian y tienen como modelo al Cisarro, en algo estamos fallando. ¿Cómo es posible que aquél que es paradigma de inocencia no conciba la posibilidad de una mejor vida? No todos los niños son Cisarros, pero sí parecen haber más niños como Cisarro. ¿Vamos a tirar la toalla?

Antes de Bielsa, nadie daba un peso por los muchachos de la selección chilena. Ahora, Chile le disputa a Brasil el primer puesto en las clasificatorias al mundial de fútbol y en el equipo no hay ningún Robinho. Bastó que una persona -aunque no cualquier persona- creyera en ellos, que les dijera que con esfuerzo podían hacer lo que los demás decían que no podían, para lograr lo que parecía imposible: salir del último lugar de las clasificatorias pasadas para disputar el primero era algo que nadie veía posible y sí, puede que no lo logremos al final, pero ahora todos creemos... Iniciativas como las orquestas juveniles, por nombrar un ejemplo, apuntan en la dirección correcta y funcionan porque identifican que la causa del problema es, lisa y llanamente, falta de amor. Si ni el Presidente va a creer en los marginados, ¿por qué ellos van a tener que creer en sí mismos? Si el mensaje que los políticos, los medios y la ciudadanía envía es más exclusión, ¿qué motivo pueden tener para aceptar nuestra invitación a la fiesta? En ese contexto, es más atractivo empujar y romper copas, mejor ser como el Cisarro.


- Verdadera caridad.

La caridad a la que todo cristiano está obligado no se agota en la invitación a la fiesta. Amar al prójimo exige ver al otro como a un hermano y no como a un pájaro al que se le arrojan migajas en la plaza. Amar al hermano exige integrarlo a la comunidad, nuestra familia, comprenderlo en sus miserias, dar consuelo a sus penas porque nos duele su dolor y prestar ayuda entendiendo algo que a todo hombre bien criado le enseñan desde chiquitito: que la familia está primero.

* Gracias a Campe por sus ideas.

domingo 28 de junio de 2009

Hacerles pagar


El pasado 27 de marzo, Muévete Chile envió correos electrónicos a los comandos de Sebastián Piñera y Eduardo Frei solicitándoles sus opiniones sobre el aborto y el derecho a la vida (http://www.muevetechile.org/index.php/component/content/article/22/193-candidato-presidente-chile-aborto-terapeutico). Frei aún no contesta, pero del comando de Piñera me llegó la siguiente respuesta, el 9 de junio:

“Estimado Felipe, hemos recibido su mail, y de parte de Sebastián Piñera le agradecemos comparta sus inquietudes con nosotros. En cuanto a su pregunta, Sebastián se declara una persona pro vida, por lo tanto, va a defender la vida siempre y especialmente la de un ser indefenso como es la del niño que está por nacer. Y por estos motivos jamás va a tranzar a sus principios y convicciones por razones electorales.
Esperamos haber aclarado sus dudas,
se despide afectuosamente
Guadalupe Irarrázaval P.
Comando de Sebastián Piñera”.

Ayer, el candidato nos sorprendió con su público repudio al dictamen de Contraloría que reafirma la prohibición de distribuir la píldora del día después. Además, declaró “ser partidario de la distribución” y que tomarla debe ser “una decisión que debe tener en conciencia y libertad cada persona" (fuente: http://www.emol.com/noticias/nacional/detalle/detallenoticias.asp?idnoticia=363743).

Pues bien, Piñera ha demostrado no ser el convencido pro vida que decía ser. Las razones de ello sólo las podemos imaginar… un tonto útil creerá que Piñera cambió de opinión y que ahora, honestamente piensa distinto. Sin embargo, en ocasiones, algo de cinismo se justifica: el candidato se ve alcanzado en las encuestas y recurre al oportunismo. El cálculo electoral le dice que los conservadores pro vida –casi todos, gente de derecha- son pocos (insignificantes, tal vez) en relación con el resto del universo electoral y que, de todos modos, ellos preferirían votar por él a votar por Frei. Vistas así las cosas, la decisión es fácil.

La verdadera pregunta en este asunto es, ¿y TIENE que ser tan fácil? Piñera sabe que los sectores conservadores están más obsesionados con sacar a la Concertación del poder que con defender sus principios; entiende que el costo es mínimo y la ganancia puede ser La Moneda. Visto fríamente, es difícil encontrar una inversión más conveniente.

- ¿Qué hacer entonces?

Desde luego, los auténticos pro vida -esos que no venden sus principios- preferirán anular su voto o votar por el candidato que sí es pro vida. Desgraciadamente, ese corredor no tiene ninguna posibilidad de darle alcance a los que ya están empinados en el podio (por lo tanto, no constituye amenaza) y, además, sospecho que estos pro vida consecuentes son una minoría dentro del universo de conservadores. Esos sí que somos insignificantes. Se repite el dilema, ¿qué podemos hacer NOSOTROS entonces?

En primer lugar, como lo haría un buen médico, la estrategia debe centrarse en atacar la enfermedad y no los síntomas. El verdadero problema en todo este asunto es que para Piñera, el traicionar nuestra posición le sale gratis. Por lo tanto, ¿qué podemos hacer para obligarle a pagar de verdad por lo que ha hecho? Desde luego, tendremos que mostrar un discurso unido: como en la guerra, una actuación coordinada hace parecer al contingente, mucho mayor de lo que realmente es. Sin embargo, al ser tan pocos y tan impopulares (nosotros, “los talibanes”), tenemos muy pocas balas, balas que no podemos desperdiciar. Por ello, es importante salir al foro público con un mismo discurso y una misma estrategia, la correcta.

- ¿Cuál debe ser nuestro discurso?

El clásico pataleo pro vida (“no votaremos por un candidato pro muerte”), aunque valioso, no cambiará mucho el estado de las cosas en este caso concreto: es probable que nuestros reparos le importen, de verdad le importen, sólo a los pro vida convencidos y, ya lo sabemos, de esos hay pocos. Podremos crear algo de ruido y, de paso, poner en alerta a los aliados que aún no se han enterado de esta noticia (raro); podremos testimoniar que aún existen personas unidas por la defensa de un bastión que vale la pena proteger a ultranza; seremos el batallón de Carrera Pinto asediado en las casonas de La Concepción: caeremos uno a uno hasta el final bajo la ardiente bandera alzada. Todo ello, muy poético, loable, por cierto. Sin embargo, no sólo para Piñera, sino que (y esto es lo significativo) para cualquier candidato, será evidentemente conveniente abandonar el buque cuando éste se esté hundiendo. Nadie quiere morir; un político, menos. El frío cálculo electoral, la vorágine que representa la lucha por el poder -seamos realistas- en la abrumadora mayoría de nuestros servidores públicos suele pesar más que la integridad.

En este escenario, a nuestro querido candidato le seguirá saliendo gratis lo que ha hecho. Aun, podría beneficiarle: los montoneros, envalentonados frente a nuestra caída, le gritarán vítores al traidor que se pasó a sus filas y dispararán con más saña contra el pequeño contingente que se resiste a la avalancha progresista. Desde luego, tampoco podemos bajar los brazos para salvar la vida. Hacer eso significaría adoptar una actitud tanto o más oprobiosa que la del hijo que no hace nada cuando ve que en la calle le escupen a su madre (ésa va con dedicatoria).

- Las minorías no son necesariamente insignificantes.

A pesar de las circunstancias, estoy convencido de que ni la batalla ni la guerra están aún perdidas. Por supuesto, las condiciones no son favorables, pero todavía podemos aprovecharnos de ellas para causar el mayor daño posible a nuestros enemigos y, en particular, a éste. Las guerras las pelean unos pocos y éstas suelen ser ganadas por los que tienen la marea a su favor; en realidad, por los que la aprovechan de mejor manera. ¿Es posible utilizar la marea liberal en nuestro favor, sin traicionar nuestros principios? Creo que sí.

Una estrategia inteligente debe analizar las desventajas del enemigo y debe aprovechar todos los recursos ambientales de los que pueda disponer. Hacia el final de la película “Rescatando al soldado Ryan”, vemos a un puñado de soldados, cortos en municiones y armamento, causando gran daño a las ingentes fuerzas enemigas, sólo disponiendo bien de sus recursos y aprovechando al máximo los espacios del lugar donde se libra la batalla.

Por lo tanto, es imperioso analizar nuestras fortalezas y debilidades, y, asimismo, ser conscientes de las oportunidades y amenazas que nos ofrece el ambiente. Desde luego, las etiquetas “pro vida” y “pro familia” constituyen un capital enorme, que no puede desaprovecharse: la vida y la familia son conceptos que, en abstracto, representan valores invaluables para cualquier persona que aún no se haya deshumanizado. No importa el color político que tengas; tampoco tus ideas, nadie quiere ser un “anti familia” o un “pro muerte” (aunque de verdad lo sean). Ésas son nuestras banderas (aunque también tenemos otras) y tenemos que apreciarlas y protegerlas.

- Apropiarse de sus armas.

En los ejercicios de guerra, el grupo vencedor es el que captura la bandera del enemigo y conserva la suya. Propongo hacer lo mismo. Sin renunciar al discurso racional y sin negar nuestros principios, en política siempre es posible utilizar las armas de la retórica de las mayorías para causar estragos en las filas enemigas.
Hasta donde sé, el lobby gay nunca ha declarado que considera a la homosexualidad un valor digno de ser protegido y reconocido. Tampoco lo han negado y, de hecho, es esa protección y reconocimiento el que buscan. Su discurso, sin embargo, apunta en otra dirección: ellos saben que si hablaran desde esa posición, sus pretensiones no tendrían más acogida que en las personas que apoyan esos mismos “ideales”, el homosexualismo. Por lo tanto, hablan de “no discriminación”. No importa el color político que tengas, no importan tus creencias, nadie quiere ser un “discriminador”. De este modo, no hay que ser homosexual o creer que éste sea un bien para apoyar la causa que promueve a ultranza justamente ese mismo “valor”, en tanto objetivamente bueno (es decir, como algo oponible a cualquiera). La forma antes que el fondo, y la no discriminación es uno de los valores estructurales más importantes del sistema político liberal, qué duda cabe. Por eso mismo, para el lobby gay y los grupos feministas, por nombrar a algunos, apropiarse de esta bandera ha sido uno de sus mayores aciertos estratégicos.

Tenemos que buscar estas banderas y explotarlas, hacerlas NUESTRO discurso. No creo, como algunos puritanos advierten, que ello implique renunciar a todo lo demás; ciertamente, no creo que implique venderse al liberalismo. Un verdadero “no discriminador” no discrimina injustamente, arbitrariamente, y nuestra posición –estoy convencido- no es injusta ni arbitraria; un verdadero demócrata no le teme al foro público ni a la verdad, y nosotros –tengo certeza- tenemos a la lógica y a la verdad de nuestro lado. Todos nuestros postulados éticos son demostrables, nuestras argumentaciones son –y siempre pueden ser- razonables, oponibles a moros y cristianos, creyentes y no creyentes, liberales y conservadores. Me consta.

A Piñera, ahora hay que atacarlo desde la vereda de la consecuencia y la buena fe, valores apreciables por todos, pro vidas y pro muertes. Es casi evidente el oportunismo de su nuevo discurso, nosotros tenemos que hacerlo realmente evidente; hacerle pagar caro es apelar a la razón y a los sentimientos de todos, amigos y enemigos, darle a todo el mundo –y especialmente al target al que él apunta, los partidarios de la píldora, los “anti talibanes”- buenas razones de por qué no hay que apoyar a un deshonesto hambriento de poder. Ése debe ser el discurso. Sólo así, tendremos una mínima esperanza de hacerlo pagar y, de paso, pondremos nerviosos a todos los que, por un puñado de votos, también están dispuestos a transar en sus ideas y convicciones, las nuestras.

jueves 26 de febrero de 2009

Gobierno y playas nudistas


Desde hace un buen tiempo, tengo este espacio abandonado. Un año 2008 lleno de obligaciones, unas vacaciones algo alienadas y el uso de otras herramientas, como facebook, son algunas de las razones que explican este abandono. Entre septiembre y fines de febrero han ocurrido muchas cosas. Enero, por ejemplo, fue un mes propicio para la polémica y para una breve e insospechada fama: me tocó en suerte el inesperado honor de ser el vocero del trabajo que otros hicieron en defensa de la Virgen María. Pero hoy no escribo para hablar de eso. Aprovecharé esta oportunidad para referirme a otros temas más contingentes y dejaré el relato de esa experiencia, tal vez, para otra ocasión.

TVN (24 horas) ha entrevistado a Muévete Chile, movimiento en el que tengo la suerte de participar hace ya algún tiempo, para conocer nuestra opinión sobre la noticia relativa a las obras que ha emprendido el Gobierno en el mejoramiento y facilitación de accesos a playas nudistas (http://www.youtube.com/watch?v=-i_Xj_AcfK0). A continuación les dejo algunas reflexiones que he redactado para la página de Muévete. Salvador me ayudó con algunos párrafos.

La impudicia es un mal moral.

Desde un punto de vista antropológico, es natural que toda persona sienta aprecio por su intimidad y que, por lo tanto, la proteja. Puesto que la intimidad es el mundo interior de cada ser humano, quien se aprecia a sí mismo necesariamente aprecia su intimidad: no se regala a cualquiera lo que se tiene por preciado. Esa es la razón por la que tenemos secretos y un mundo privado que elegimos compartir sólo con algunos. Esa es también la razón por la que sentimos vergüenza cuando alguien revela nuestros secretos sin nuestro consentimiento. El pudor es la herramienta natural que protege nuestra intimidad y demuestra que ese mundo interior tiene valor. Por lo tanto, es un bien para el sujeto; y carecer de este bien, es un mal. Es propio de las personas el sentir, en ocasiones, vergüenza.

¿Se debe sentir pudor en la exposición del propio cuerpo?

El hombre está constituido por una realidad a la vez espiritual y corporal: somos alma y cuerpo. Nuestra realidad espiritual se expresa a través de la corporal: expresamos nuestras ideas y sentimientos a través del lenguaje y del cuerpo. Aunque usamos nuestro cuerpo para expresar lo que somos, no podemos afirmar que el cuerpo es mero instrumento, pues también SOMOS nuestro CUERPO, y así como no es sano mostrar a todos todo lo que somos, tampoco lo es mostrar a todos todo nuestro cuerpo. El cuerpo también expresa: gestualizamos nuestros pensamientos y emociones, sonreímos cuando nos sentimos felices, nos sonrojamos cuando nos avergonzamos, etc. Cuando se descubre algo que los demás no deben saber, tratamos de ocultarlo, y esto se refleja en nuestro cuerpo (por eso, el mentiroso desvía la mirada y el delincuente se tapa el rostro). Esto nos demuestra que el cuerpo también tiene un espacio propio de intimidad, el que merece aprecio y protección. La privacidad, que es tanto del alma como del cuerpo, se abre sólo para algunos, a quienes se les regala una parte de ella (por eso, la intimidad más perfecta se da dentro del matrimonio, pues ahí lo que se regala no es una parte, es el todo: comunidad de vida). No respetar lo que es por naturaleza privado (recordemos que el pudor nos revela qué es lo privado) implica no respetarse a sí mismo.

Los promotores del nudismo argumentan que “el ir desnudos es la cosa más natural”, pero también es de lo más natural defecar o aparearse, cosas que -por ahora- a nadie se le ocurre hacer ante los demás, como lo hacen los animales. El respeto al derecho de la propia intimidad y a la de los demás, son conquistas del progreso racional. Lo otro, es regresar a las cavernas.

El pudor bien entendido es algo positivo (y no represivo) que me lleva a guardar lo más íntimo para la persona amada, es un bien que merece ser protegido con independencia de la mera subjetividad de la persona cuya intimidad se daña. (v.gr. es bueno que el Estado promueva y proteja la intimidad a través de una vivienda digna, donde no todos te vean o te escuchen).

No se tiene propiedad sobre el propio cuerpo.

Hay quienes argumentan que sería lícito mostrar todo el cuerpo a cualquiera, pues el cuerpo sería propiedad de uno mismo y es legítimo que cada quien elija cómo disponer de lo suyo cuando esa disposición no molesta a nadie (como sería el caso de una playa cerrada donde se practica el nudismo). Sin embargo, el argumento es errado. El mismo apoya todo su peso en el supuesto falso de que se tiene un derecho de propiedad sobre el cuerpo. Como el cuerpo ES la persona, éste no puede ser un objeto (que es aquello sobre lo cual se puede tener un título de propiedad) ni recibir el tratamiento de tal. La persona es siempre SUJETO y el cuerpo es la misma persona, única e irrepetible. Por lo tanto, no merece el tratamiento de una cosa que pueda ser vendida, arrendada o destruida. Tratar el propio cuerpo como si se tuviera propiedad sobre él -como si éste fuera un objeto- constituye un atentado sobre sí mismo, pues implica necesariamente una cosificación del individuo. La exhibición impúdica (sin pudor) es más propia de los animales y objetos que se muestran en las vitrinas que de los sujetos. Por esa razón, a los esclavos se les exhibía en el mercado: se les consideraba objetos, no sujetos.

La autoridad ha actuado contra el bien común.

Un lector perspicaz podría observar que, aun concediendo todo lo anterior, la acción de la autoridad no sería ilícita en este caso pues es sano que los ciudadanos gocen de espacios de autonomía, aun cuando en el ejercicio de ella se hagan daño o se pongan en riesgo a sí mismos y no a otros (como lo es en el caso de permitir que los ciudadanos fumen o beban), pues la ley no debe reprimir todos los vicios, sino sólo algunos: aquellos que son injustos y producen un daño al bien común.

Pues bien, no debe olvidarse que este importante principio de justicia política deriva del principio de tolerancia del mal (la autoridad que tiene la competencia y la capacidad de hecho de evitar un mal moral, puede –y a veces debe- tolerarlo siempre que de la tolerancia se siga un bien mayor o se evite un mal mayor que el que se sigue de la conducta viciosa). La autoridad puede TOLERAR (i.e., soportar con paciencia) un mal, mas no puede PROMOVERLO mediante actos positivos, pues sus decisiones públicas tienen como fin el bien de la comunidad que tiene a su cargo. En este caso, el Gobierno no está absteniéndose de intervenir, sino que está actuando a favor de una propuesta que cosifica al individuo, mejorando los accesos de una playa nudista, cuando en la actualidad hay muchas otras playas que necesitan con urgencia mejorar sus propios accesos. ¿Es justo que el dinero de los contribuyentes vaya en ayuda del nudista que quiere bajar a su playa y no en ayuda de la abuelita que quiere bajar a tomar el sol con su familia en una playa común y corriente? Es evidente el sesgo ideológico que hay detrás de esta jerarquización de prioridades. Nosotros no tenemos por qué soportarlo.

sábado 27 de septiembre de 2008

La pérdida de la inocencia

¿Se han dado cuenta de que vivimos en una época en que se validan socialmente casi todas las conductas? ¿Cuántas veces hemos oído decir que cada quien tiene “su verdad”, esa expresión trillada y usada como excusa redundante para validar cualquier absurdo? ¿A cuántos de ustedes les molesta ese techo invisible que aplasta el juicio? Vivimos inmersos en un lenguaje que renunció a las máximas y nos encuentra hablando siempre de mínimos, mínimos que día tras día se van derritiendo como un cubo de hielo que se deja a la intemperie...

Tal es nuestro tiempo, uno abiertamente alejado de la admiración por las gestas homéricas y sus ideales clásicos (siquiera de su conocimiento); una época que renuncia a lo excelso y a lo divino; que renuncia al hombre pero, a la vez, diviniza al individuo; que, en fin, renuncia a la esperanza. ¿Qué fue de aquellos ideales? ¿Y dónde quedó la fuerza que otrora inspirara a nuestros padres a fundar naciones y a los héroes a entregar sus vidas? Nuestro chilito del bicentenario glorifica el suicidio de los corruptos de alma y empequeñece el martirio de los impolutos y valientes. Son los tiempos del divorcio express y de los pokemones con sus ponceos; de la farandulería casquivana, del culto al consumo y del sincretismo religioso. Así las cosas, ¿dónde duermen el decoro, la fidelidad conyugal, la lealtad entre los amigos y el amor a la patria y la familia? ¿Acaso no eran aquellos principios los que nos hacían algo más que monos con computadoras? Y es que nuestra conducta dejó hace largo rato de ser hipócrita. Nos convertimos en cínicos.

Mientras los papis endiosan el dinero, los hijos santifican el placer y la euforia: juguetones niñitos de todos los estratos socioeconómicos pedalean por las delebles calles de las drogas, el sexo y el consumismo. Me han hablado (más de una vez) sobre niñitas que sin siquiera conocer las materias de la enseñanza media ya son duchas en el conocimiento del coito grupal. No es que me guste generalizar apresuradamente, pero da la impresión de que en el ambiente hay un hálito fétido que emana desde las alienadas generaciones en gestación. Basta echar una mirada rápida a los medios, otro objeto de consumo, para darse cuenta de lo fácil que es convertirse en un perito de lo erótico y lo ordinario. ¿Y, en tanto, qué fue de la inocencia?

En su momento, “Wena Naty”, la nada inocente niñita de catorce años, dijo arrepentirse por haberse dejado grabar. ¡Por haberse dejado grabar! ¿Y cuál fue el juicio de su cómplice y promiscua generación? La llamaron tonta por no haberse dado cuenta de que uno de sus compañeros de orgía tenía el celular apuntándole al rostro. Ese es el criterio de moralidad que impera hoy por hoy: lo chabacano desplaza lo bello, lo correcto sustituido por lo conveniente, y el querer que se impone paulatinamente al deber. La llanura se ve lisa y las turbias aguas del desenfreno escurren sin topes. Las Natys arrasan en los foros de internet y, mientras tanto, los intelectuales de turno: psicólogos, sociólogos, historiadores y filósofos de posmoderna calaña, siguen pontificando y justificando lo injustificable. Faltan, qué duda cabe, quienes se atrevan a ser topes contra la pútrida corriente progresista. Se necesita con urgencia una bocanada de aire fresco. ¿Dónde encontrarlo?

viernes 4 de abril de 2008

Conferencia de Prensa

Hola Chilenos Movidos,

Te hemos escogido porque sabemos que Tú sí respondes. Pero además, porque creemos que podrás convencer a tu familia o amigos de que asistan mañana sábado a defender el fallo del Tribunal Constitucional.

Tenemos fallo ya confirmado favoreciéndonos con la píldora y el Yuspe (no con el DIU).
El Auditorium del Consorcio (El Bosque con Callao, Providencia) está listo para conferencia de prensa para mañana, sábado 5 de abril, a las 10 am.

Tenemos que ir todos y llevar a todos los que podamos, estará la prensa y debemos ser muchos apoyando la resolución del TC.

Hasta ahora las instituciones que adhieren al fallo son (si alguna otra quiere adherirse favor de escribirnos a muevetechile@muevetechile.org):


Fundación Gente Nueva
Ayuda a la Iglesia que Sufre (AIS)
Asociación Familia Viva
ACONOR
Ciudadanos por la Vida
Cristianos por la Vida
Fundación Sara Philippi
ISFEM
Movimiento Mundial de Madres
MuéveteChile
MuéveteConce
Proyecto Esperanza
Quinta por la Vida
ChileVida
Jóvenes por la vida y la familia

Las Miserias del Hombre

Ad portas de una solemne, una breve y apresurada reflexión, a raíz de los últimos sucesos: me sorprende que a la ciudadanía, en general, le preocupe más la corrupción y los problemas de gestión de fondos públicos y de programas de gobierno, que el patente exterminio masivo de personas que venimos soportando prácticamente indiferentes desde hace unos cuantos años: estamos en presencia de un gobierno que ha devenido en ilegítimo y dictatorial, al igual que otros en la Historia que, de origen democrático, devinieron en tiranías (el gobierno Nazi o la dictadura de Pinochet son, tal vez, los ejemplos más claros y que más nos suenan a nosotros, los chilenos). Nos encontramos de frente, chocamos casi sin darnos cuenta, con un gobierno que tiene por política de Estado el asesinato de los inocentes.

Hoy, nos enfrentamos a una dictadura de izquierda que avasalla los derechos humanos y que cosifica al hombre. ¿Y qué hacemos nosotros? Nos preocupan, entre otros mundanos temas, el alza del IPC, los gastos del Mineduc y el sistema de transporte público. No digo que preocuparse de esos aspectos de la vida pública esté mal; sólo me parece perverso que el acento de nuestras críticas (al menos de aquellos que nos queda criterio suficiente para entender lo que está sucediendo) se centre en cosas tan cotidianas. ¿Acaso necesitamos ver chimeneas tirando humo negro, galpones con gente desnuda, fosas comunes; sentir el olor inmundo, para horrorizarnos ante las bestialidades que comete el hombre contra el hombre? ¿El Estado contra el hombre?

No gozo del don de la fe que tienen muchos de mis amigos y conocidos, pero me asusta (por ellos y por mí) la posibilidad de un juicio final, de una catarsis última que nos tire de una patada en el traste al purgatorio o a los infiernos. Esta semana, por razones que aquí no puedo expresar, me tocó ver a muchos de mis amigos, de esos de misa diaria y rosario en el bolsillo, hacer la vista gorda, hacerse los indiferentes frente a la tragedia, pudiendo (y debiendo) obrar. Para muchos de ellos pesó más la prueba de turno, la clase del día, la tarde de estudio, los deberes del momento, antes que la radical defensa que merece la vida del más débil. Soy consciente de mis imperfecciones y mis miserias (que son muchas, de verdad), pero no puedo evitar sentir vergüenza ajena, dolor, rabia… en fin, miedo. Por mí y por ellos. Un amigo, uno de verdad, un tipo consecuente y lleno de virtudes, de esos que se miran hacia arriba, me comentó: por sus obras los conoceréis. Es cierto, y entonces los conocí. Siento indignación, me cuesta sentir compasión. Ésa se la dejo a los tipos de verdad, de los que hay pocos.