
El pasado 27 de marzo, Muévete Chile envió correos electrónicos a los comandos de Sebastián Piñera y Eduardo Frei solicitándoles sus opiniones sobre el aborto y el derecho a la vida (http://www.muevetechile.org/index.php/component/content/article/22/193-candidato-presidente-chile-aborto-terapeutico). Frei aún no contesta, pero del comando de Piñera me llegó la siguiente respuesta, el 9 de junio:
“Estimado Felipe, hemos recibido su mail, y de parte de Sebastián Piñera le agradecemos comparta sus inquietudes con nosotros. En cuanto a su pregunta, Sebastián se declara una persona pro vida, por lo tanto, va a defender la vida siempre y especialmente la de un ser indefenso como es la del niño que está por nacer. Y por estos motivos jamás va a tranzar a sus principios y convicciones por razones electorales.
Esperamos haber aclarado sus dudas,
se despide afectuosamente
Guadalupe Irarrázaval P.
Comando de Sebastián Piñera”.
Ayer, el candidato nos sorprendió con su público repudio al dictamen de Contraloría que reafirma la prohibición de distribuir la píldora del día después. Además, declaró “ser partidario de la distribución” y que tomarla debe ser “una decisión que debe tener en conciencia y libertad cada persona" (fuente: http://www.emol.com/noticias/nacional/detalle/detallenoticias.asp?idnoticia=363743).
Pues bien, Piñera ha demostrado no ser el convencido pro vida que decía ser. Las razones de ello sólo las podemos imaginar… un tonto útil creerá que Piñera cambió de opinión y que ahora, honestamente piensa distinto. Sin embargo, en ocasiones, algo de cinismo se justifica: el candidato se ve alcanzado en las encuestas y recurre al oportunismo. El cálculo electoral le dice que los conservadores pro vida –casi todos, gente de derecha- son pocos (insignificantes, tal vez) en relación con el resto del universo electoral y que, de todos modos, ellos preferirían votar por él a votar por Frei. Vistas así las cosas, la decisión es fácil.
La verdadera pregunta en este asunto es, ¿y TIENE que ser tan fácil? Piñera sabe que los sectores conservadores están más obsesionados con sacar a la Concertación del poder que con defender sus principios; entiende que el costo es mínimo y la ganancia puede ser La Moneda. Visto fríamente, es difícil encontrar una inversión más conveniente.
- ¿Qué hacer entonces?Desde luego, los auténticos pro vida -esos que no venden sus principios- preferirán anular su voto o votar por el candidato que sí es pro vida. Desgraciadamente, ese corredor no tiene ninguna posibilidad de darle alcance a los que ya están empinados en el podio (por lo tanto, no constituye amenaza) y, además, sospecho que estos pro vida consecuentes son una minoría dentro del universo de conservadores. Esos sí que somos insignificantes. Se repite el dilema, ¿qué podemos hacer NOSOTROS entonces?
En primer lugar, como lo haría un buen médico, la estrategia debe centrarse en atacar la enfermedad y no los síntomas. El verdadero problema en todo este asunto es que para Piñera, el traicionar nuestra posición le sale gratis. Por lo tanto, ¿qué podemos hacer para obligarle a pagar de verdad por lo que ha hecho? Desde luego, tendremos que mostrar un discurso unido: como en la guerra, una actuación coordinada hace parecer al contingente, mucho mayor de lo que realmente es. Sin embargo, al ser tan pocos y tan impopulares (nosotros, “los talibanes”), tenemos muy pocas balas, balas que no podemos desperdiciar. Por ello, es importante salir al foro público con un mismo discurso y una misma estrategia, la correcta.
- ¿Cuál debe ser nuestro discurso?El clásico pataleo pro vida (“no votaremos por un candidato pro muerte”), aunque valioso, no cambiará mucho el estado de las cosas en este caso concreto: es probable que nuestros reparos le importen, de verdad le importen, sólo a los pro vida convencidos y, ya lo sabemos, de esos hay pocos. Podremos crear algo de ruido y, de paso, poner en alerta a los aliados que aún no se han enterado de esta noticia (raro); podremos testimoniar que aún existen personas unidas por la defensa de un bastión que vale la pena proteger a ultranza; seremos el batallón de Carrera Pinto asediado en las casonas de La Concepción: caeremos uno a uno hasta el final bajo la ardiente bandera alzada. Todo ello, muy poético, loable, por cierto. Sin embargo, no sólo para Piñera, sino que (y esto es lo significativo) para cualquier candidato, será evidentemente conveniente abandonar el buque cuando éste se esté hundiendo. Nadie quiere morir; un político, menos. El frío cálculo electoral, la vorágine que representa la lucha por el poder -seamos realistas- en la abrumadora mayoría de nuestros servidores públicos suele pesar más que la integridad.
En este escenario, a nuestro querido candidato le seguirá saliendo gratis lo que ha hecho. Aun, podría beneficiarle: los montoneros, envalentonados frente a nuestra caída, le gritarán vítores al traidor que se pasó a sus filas y dispararán con más saña contra el pequeño contingente que se resiste a la avalancha progresista. Desde luego, tampoco podemos bajar los brazos para salvar la vida. Hacer eso significaría adoptar una actitud tanto o más oprobiosa que la del hijo que no hace nada cuando ve que en la calle le escupen a su madre (ésa va con dedicatoria).
- Las minorías no son necesariamente insignificantes. A pesar de las circunstancias, estoy convencido de que ni la batalla ni la guerra están aún perdidas. Por supuesto, las condiciones no son favorables, pero todavía podemos aprovecharnos de ellas para causar el mayor daño posible a nuestros enemigos y, en particular, a éste. Las guerras las pelean unos pocos y éstas suelen ser ganadas por los que tienen la marea a su favor; en realidad, por los que la aprovechan de mejor manera. ¿Es posible utilizar la marea liberal en nuestro favor, sin traicionar nuestros principios? Creo que sí.
Una estrategia inteligente debe analizar las desventajas del enemigo y debe aprovechar todos los recursos ambientales de los que pueda disponer. Hacia el final de la película “Rescatando al soldado Ryan”, vemos a un puñado de soldados, cortos en municiones y armamento, causando gran daño a las ingentes fuerzas enemigas, sólo disponiendo bien de sus recursos y aprovechando al máximo los espacios del lugar donde se libra la batalla.
Por lo tanto, es imperioso analizar nuestras fortalezas y debilidades, y, asimismo, ser conscientes de las oportunidades y amenazas que nos ofrece el ambiente. Desde luego, las etiquetas “pro vida” y “pro familia” constituyen un capital enorme, que no puede desaprovecharse: la vida y la familia son conceptos que, en abstracto, representan valores invaluables para cualquier persona que aún no se haya deshumanizado. No importa el color político que tengas; tampoco tus ideas, nadie quiere ser un “anti familia” o un “pro muerte” (aunque de verdad lo sean). Ésas son nuestras banderas (aunque también tenemos otras) y tenemos que apreciarlas y protegerlas.
- Apropiarse de sus armas.En los ejercicios de guerra, el grupo vencedor es el que captura la bandera del enemigo y conserva la suya. Propongo hacer lo mismo. Sin renunciar al discurso racional y sin negar nuestros principios, en política siempre es posible utilizar las armas de la retórica de las mayorías para causar estragos en las filas enemigas.
Hasta donde sé, el lobby gay nunca ha declarado que considera a la homosexualidad un valor digno de ser protegido y reconocido. Tampoco lo han negado y, de hecho, es esa protección y reconocimiento el que buscan. Su discurso, sin embargo, apunta en otra dirección: ellos saben que si hablaran desde esa posición, sus pretensiones no tendrían más acogida que en las personas que apoyan esos mismos “ideales”, el homosexualismo. Por lo tanto, hablan de “no discriminación”. No importa el color político que tengas, no importan tus creencias, nadie quiere ser un “discriminador”. De este modo, no hay que ser homosexual o creer que éste sea un bien para apoyar la causa que promueve a ultranza justamente ese mismo “valor”, en tanto objetivamente bueno (es decir, como algo oponible a cualquiera). La forma antes que el fondo, y la no discriminación es uno de los valores estructurales más importantes del sistema político liberal, qué duda cabe. Por eso mismo, para el lobby gay y los grupos feministas, por nombrar a algunos, apropiarse de esta bandera ha sido uno de sus mayores aciertos estratégicos.
Tenemos que buscar estas banderas y explotarlas, hacerlas NUESTRO discurso. No creo, como algunos puritanos advierten, que ello implique renunciar a todo lo demás; ciertamente, no creo que implique venderse al liberalismo. Un verdadero “no discriminador” no discrimina injustamente, arbitrariamente, y nuestra posición –estoy convencido- no es injusta ni arbitraria; un verdadero demócrata no le teme al foro público ni a la verdad, y nosotros –tengo certeza- tenemos a la lógica y a la verdad de nuestro lado. Todos nuestros postulados éticos son demostrables, nuestras argumentaciones son –y siempre pueden ser- razonables, oponibles a moros y cristianos, creyentes y no creyentes, liberales y conservadores. Me consta.
A Piñera, ahora hay que atacarlo desde la vereda de la consecuencia y la buena fe, valores apreciables por todos, pro vidas y pro muertes. Es casi evidente el oportunismo de su nuevo discurso, nosotros tenemos que hacerlo realmente evidente; hacerle pagar caro es apelar a la razón y a los sentimientos de todos, amigos y enemigos, darle a todo el mundo –y especialmente al target al que él apunta, los partidarios de la píldora, los “anti talibanes”- buenas razones de por qué no hay que apoyar a un deshonesto hambriento de poder. Ése debe ser el discurso. Sólo así, tendremos una mínima esperanza de hacerlo pagar y, de paso, pondremos nerviosos a todos los que, por un puñado de votos, también están dispuestos a transar en sus ideas y convicciones, las nuestras.